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En un día de septiembre Cousin Jerry ha vuelto a la ciudad y ha quedado claro inmediatamente que estaba comenzando algo fantástico y definitivo. Antes de su llegada todo está bajo control: los viejos mueren, los jóvenes crecen, las mamás peinan canas, los niños tocan los cojones, los estudiantes pasan o no pasan exámenes, los buenos coños se dejan o no se dejan follar, el barman prepara o no prepara el peor martini-vodka de nuestra vida. Sí, ha habido una temporada en la que también ellos, los cuatro personajes de esta historia, eran como todos: Ermanno Claypool, golfo crecido en el barrio que rodea la plaza Federico Nietzsche; Cousin Jerry, blasfemia aullada contra las geometrías del buen comportamiento humano con aquel pin Me Corro En Tu Cara siempre pegado a la chaqueta; Raimundo Blanco, medio camello que camina como un gigoló cubano, camiseta de bowling y patillas bien cortadas; y Dietrich Lassalle, un alcohólico más verdadero que potencial, colgado con la segunda guerra mundial en fascículos y que sueña con organizar la vida a través de planes y proyectos. Con el regreso del Cousin, lo que unos años antes sólo era un temible equipo de desertores escolares se enrola en una apocalíptica guerra relámpago. Se rebelan, sincopados y violentos, en un asalto surreal y demente, sanguinario y desacralizador, contra una sociedad falsamente alternativa y decente. Detrás de la Niza plomiza y opiácea donde el cuarteto se mueve en una simbiosis tensa y disparada como una bomba a punto de estallar, se vislumbra la Bolonia de los primeros años ochenta, la ciudad próxima a ser engullida por las obsesiones terroristas, ensangrentada por los raids. «Hay un orden que premia a los más obedientes», decía Cousin Jerry, «pero nosotros estamos llamados a participar en otra fiesta». Y visto que los obedientes eran defendidos, con la fuerza, por la pasma, Cousin Jerry se sentía con pleno derecho a utilizar la fuerza. «Es un desafío a ver quién se hace daño antes, y nosotros seremos los últimos en caer.» Confirmando el enorme talento mostrado en "Jack Frusciante ha dejado el grupo" (una novela que en su edición italiana vendió más de un millón de ejemplares y se ha traducido a muchos idiomas), Enrico Brizzi lanza a sus personajes a una correría llena de cruentos resplandores.